El mundo se comprimió en esa imagen: Alex de pie, inmóvil, con las manos en los bolsillos del abrigo, la corbata ligeramente torcida como si hubiera pasado la noche sin dormir. La luz del mediodía le tallaba el perfil en dureza y suavidad a la vez; por un instante vi al hombre que había amado durante años, y junto a él, la sombra larga e irreversible de lo que ya no podía reparar.
Mi cuerpo respondió antes que la cabeza; un frío que no tenía nada que ver con el viento me recorrió la espalda. Qu