El aire de la noche era frío, cortante, y cada bocanada que inhalaba me quemaba los pulmones. Caminaba sin rumbo, con los brazos cruzados sobre el pecho, más para sostenerme a mí misma que para protegerme del clima. Las calles estaban casi desiertas, iluminadas apenas por farolas que proyectaban sombras largas, distorsionadas.
No escuchaba ya sus pasos detrás de mí. O quizá los ignoraba a propósito, convencida de que si lo hacía, todo ese enojo que me atravesaba se desvanecería. Pero no lo hací