El amanecer llegó sin clemencia.
No era un amanecer cálido ni esperanzador, de esos que iluminan la piel con promesas de un día nuevo. Era uno gris, plomizo, que se filtraba entre las cortinas pesadas de la habitación y dibujaba sombras alargadas sobre el suelo. Un amanecer que no me ofrecía consuelo, solo el recordatorio de que había sobrevivido a otra noche en vela.
Me incorporé despacio, con el cuerpo entumecido y la garganta reseca de tanto llorar en silencio. La cama estaba revuelta, como