La mañana avanzó con una calma engañosa. Nos movimos por la casa como si pisáramos un campo minado: él en la cocina preparando café, yo en el dormitorio eligiendo la ropa para el trabajo. Cada gesto era medido, cada palabra evitada, como si cualquiera de los dos pudiera detonar otra discusión con un movimiento en falso.
Cuando me senté a la mesa, él ya había servido dos tazas. Una para mí, otra para él. Un detalle que me conmovió, aunque la tensión seguía instalada entre nosotros.
—No olvides t