Kaiser empujó la puerta de la cabaña con un movimiento fluido, su mano fría rozando la madera áspera. El interior era modesto: una sala principal con un sofá raído frente a una chimenea apagada, una cocina pequeña y un dormitorio adyacente. Pero algo lo detuvo en seco.
El aire estaba cargado de un olor familiar y perturbador: muerte reciente mezclada con el elixir vampírico. Caminó hacia la sala, sus ojos carmesí ajustándose a la penumbra, y allí estaba Nisha, de pie como una estatua, custodia