Kaiser empujó la puerta de la cabaña con un movimiento fluido, su mano fría rozando la madera áspera. El interior era modesto: una sala principal con un sofá raído frente a una chimenea apagada, una cocina pequeña y un dormitorio adyacente. Pero algo lo detuvo en seco.
El aire estaba cargado de un olor familiar y perturbador: muerte reciente mezclada con el elixir vampírico. Caminó hacia la sala, sus ojos carmesí ajustándose a la penumbra, y allí estaba Nisha, de pie como una estatua, custodiando un cuerpo tendido en el suelo sobre una manta improvisada. Kian, yacía inmóvil, su pecho quieto, pero con un matiz sobrenatural en su palidez que Kaiser reconoció al instante.
Un gruñido bajo escapó de los labios de Kaiser, reverberando en la cabaña como un trueno distante.
— ¿Qué mierda hiciste, Nisha? —su voz era un siseo grave, cargado de ira contenida. Se acercó con velocidad vampírica, su presencia abrumando el espacio reducido, Nisha, hermana y a veces confidente en el mundo, no se inm