Dentro de la cabaña, el tiempo parecía suspendido, un limbo entre la vida mortal y la eternidad maldita, Kian yacía en el sofá como si durmiera, su cuerpo inerte envuelto en una manta manchada de sangre seca, el pecho quieto como el de un cadáver, pero no era un final; era el umbral de un renacimiento forjado en desesperación.
De repente, los sentidos de Kian se encendieron como un incendio sobrenatural. Lo que antes era un mundo de percepciones humanas limitadas y amortiguadas. Ahora se expandía en una sinfonía abrumadora. El crujido de la madera en las paredes de la cabaña resonaba como truenos distantes; el aroma a orquídeas marchitas en un jarrón olvidado invadía sus fosas nasales con una intensidad nauseabunda; el leve zumbido de un insecto en el techo se convertía en un tamborileo ensordecedor. Sus ojos se abrieron de golpe, verdes como siempre pero ahora con un brillo sin igual, captando cada mota de polvo flotando en el aire, cada veta en la madera del suelo.
El corazón qu