Valentina despertó en un limbo de dolor y calidez, su cuerpo desnudo envuelto en sábanas arrugadas que olían a sexo y a Kaiser. El sol de la mañana se filtraba a través de las cortinas raídas del viejo apartamento, proyectando rayas de luz polvorienta sobre la habitación desordenada.
Adolorida en cada músculo, en cada rincón íntimo, sintió el peso de un brazo posesivo alrededor de su cintura, Kaiser.
El rey vampiro no dormía, ya que los de su especie no necesitaban ese lujo mortal, pero allí estaba, tendido a su lado, su piel fría pero reconfortante contra la de ella. Cuando Valentina abrió los ojos, parpadeando contra la luz, encontró el rostro sereno de él mirándola fijamente, sus ojos carmesí suavizados por una ternura que contrastaba con la ferocidad de la noche anterior.
Kaiser sonrió, una curva lenta y genuina en sus labios, revelando dientes normales, blancos y perfectos, sin rastro de los colmillos que habían marcado su piel horas antes. Era una sonrisa que desarmaba, qu