El rey vampiro, con sus ojos carmesí brillando en la penumbra, sintió un pulso de hambre antigua despertarse en su interior. No era solo sed de sangre; era el anhelo de poseerla por completo, de romper las barreras de su inocencia humana con la crudeza de su naturaleza inmortal.
Kaiser no se movió de inmediato. En cambio, la miró fijamente, su mano aún en la cadera de ella, sintiendo el calor que irradiaba a través del pijama viejo. El apartamento, con su ruido constante de la ciudad: cláxones