—Diles la verdad —repitió, su tono suave como seda, pero cargado de veneno—. Ahora.
La respiración de la doctora se volvió un jadeo entrecortado. Sus ojos rebotaron entre Xylos, cuya expresión endurecida parecía hecha de piedra, y Vecka, que tenía la mano aún entrelazada con la de su alfa, los nudillos blancos por la tensión, y alrededor, el jardín entero permanecía en un silencio antinatural. Los lobos, los alfas invitados, incluso los vampiros que habían acompañado a Kaiser… nadie osaba mov