Vecka se estaba terminando de abotonar la blusa cuando Xylos, aún con el cabello húmedo por la ducha, extendió una mano en su dirección hasta encontrarla por el sonido suave de su respiración. Él avanzó unos pasos y deslizó los dedos por su cuello, rozando justo donde la piel todavía ardía por la marca que le había dejado un par de horas antes. La había sentido al besarla, al morderla, al hundirse en ella primero en la cama y luego en el baño; no necesitaba verla para saber exactamente dónde es