—¿A qué debo esta reunión nuevamente? —preguntó con voz grave, sin girarse hacia ellos. Su tono era calmo, pero cada palabra llevaba el peso del cansancio que le provocaba hablar con ellos lo mismo porque ya imaginaba a que venían.
El anciano del centro, Thalos, dio un paso al frente. Su voz tembló, pero habló con la dignidad que los años aún le concedían.
—Mi señor… los grandes consejos, y la manada necesita certeza. —Hizo una pausa, mirando a los otros dos—. La ceremonia de presentación de