Vecka estaba sentada en medio de su cama, con las rodillas recogidas y las manos temblorosas. Se mordía las uñas sin darse cuenta, la mirada perdida en el vacío. Todo el día había tenido esa sensación punzante en el pecho, una mezcla entre rabia, vergüenza y… algo más que no quería nombrar. Desde que Binah había hablado con ella en el pórtico, sus palabras resonaban como un eco venenoso en su cabeza:
“Es un fuego que solo se apaga con el placer. Y adivina quién lo ayudó a calmarlo… yo”.
Vecka