Los tres ancianos de la manada, Thalos, Eren y Mirka estaban de pie frente al escritorio de Xylos, quien permanecía sentado con los codos apoyados sobre la mesa, la mirada ciega dirigida hacia el ventanal. Aunque sus ojos no veían, la tensión en su mandíbula revelaba que escuchaba cada respiración, cada crujir de los huesos viejos que aguardaban para hablar, Thalos fue el primero en romper el silencio.
—Se ha corrido la voz, mi señor —dijo con voz grave—. Los lobos murmuran sobre lo que ocurrió