El agua fría de la ducha apenas lograba apaciguar la sensación que la mantenía despierta desde el amanecer. Se apoyó contra la pared, dejando que el chorro helado recorriera su piel mientras trataba de borrar de su mente lo que había soñado.
Era absurdo.
Era innegable.
Era él.
Ese sueño había sido tan vívido que, al abrir los ojos, todavía podía sentir el peso de sus manos, el roce de su aliento en su cuello y la voz ronca de Xylos pronunciando su nombre con una necesidad que le heló y enc