El eco de las puertas cerrándose fue lo último que se escuchó después de que el consejo se retiró. Todo el silencio que quedó en el pent-house de Xylos era espeso, casi tangible. Ni el aire parecía atreverse a moverse, Vecka permaneció de pie en medio del salón, con los labios entreabiertos, los ojos nublados y el corazón golpeando con fuerza bajo el pecho. Su respiración era errática, como si el aire se negara a entrar del todo a sus pulmones. Había pasado horas sosteniéndose con una calma apa