El día siguiente amaneció cubierto por un cielo gris, espeso, como si el mundo mismo llevara luto. El bosque, que tantas veces había sido testigo de celebraciones, cacerías y júbilo de los jóvenes hoy guardaba un silencio solemne.
No cantaban los pájaros. No soplaba el viento con libertad. Todo parecía inclinarse ante la pérdida.
Los cuerpos de los caídos yacían alineados con respeto sobre una gran pira de madera. Cada uno estaba envuelto en sábanas blancas, símbolo de tránsito y descanso