El día siguiente amaneció cubierto por un cielo gris, espeso, como si el mundo mismo llevara luto. El bosque, que tantas veces había sido testigo de celebraciones, cacerías y júbilo de los jóvenes hoy guardaba un silencio solemne.
No cantaban los pájaros. No soplaba el viento con libertad. Todo parecía inclinarse ante la pérdida.
Los cuerpos de los caídos yacían alineados con respeto sobre una gran pira de madera. Cada uno estaba envuelto en sábanas blancas, símbolo de tránsito y descanso final. Entre ellos se encontraban Nisha, con el rostro sereno pese a la violencia de su muerte; Kian, cuyo cuerpo joven parecía aún aferrarse a la vida que le fue arrancada demasiado pronto; Axel, el amigo leal, el guerrero que había reído y luchado a su lado; y otros tantos miembros de la manada y vampiros del aquelarre de Kaiser que habían entregado su existencia en aquella noche maldita.
Se habían perdido demasiadas vidas.
El dolor se extendía como una sombra larga entre los presentes. Todos