—Sube el volumen —dijo Kian, con una sonrisa ladeada mientras golpeaba el volante al ritmo de la canción, Vecka rio, obediente, y el sonido alegre de una vieja balada llenó el interior del vehículo. Cantaban a medias, entre risas y desafinos, como si por un instante el peso de los días se disolviera. Kian le guiñó un ojo cuando ella olvidó una parte de la letra, y Vecka le devolvió el gesto, riéndose de sí misma.
—Eres pésima recordando letras —bromeó él.
—Y tú cantas como si te doliera —repl