—¡Corran! —El grito de Titus se ahogó en una gárgara de sangre.
Todo era un borrón de pánico y oscuridad. Seraphina corría, sus pulmones ardiendo como si hubiera inhalado vidrio molido, arrastrando a Hunter con una mano y sosteniendo el costado de Ronan con la otra. El templo era un laberinto de pesadillas; las sombras no eran solo falta de luz, eran dedos, bocas y garras que brotaban del suelo para atraparlos.
—¡No miren atrás! —ordenó Ronan, su voz un gruñido húmedo. Cojeaba, dejando un rastr