—¡Corran! —El grito de Titus se ahogó en una gárgara de sangre.
Todo era un borrón de pánico y oscuridad. Seraphina corría, sus pulmones ardiendo como si hubiera inhalado vidrio molido, arrastrando a Hunter con una mano y sosteniendo el costado de Ronan con la otra. El templo era un laberinto de pesadillas; las sombras no eran solo falta de luz, eran dedos, bocas y garras que brotaban del suelo para atraparlos.
—¡No miren atrás! —ordenó Ronan, su voz un gruñido húmedo. Cojeaba, dejando un rastro de sangre negra y espesa tras de sí.
Draven venía detrás. No corría. Caminaba con la calma de un depredador que sabe que la presa no tiene salida, riendo suavemente mientras su magia devoraba el aire.
Titus se detuvo en el umbral de un arco de piedra, girándose para ganarles tiempo. Fue un sacrificio inútil y brutal. Seraphina giró la cabeza justo a tiempo para ver cómo la oscuridad se levantaba como una ola, tragándose al hombre entero. No hubo cuerpo que cayera, solo un grito que se cortó en