El frío y la nieve comenzaban a sentirse más intensamente. Seraphina avanzaba por inercia a través del bosque antigua, teniendo en su mente a Ronan en manos de Draven y que tenía que llegar a él a como diera lugar.
Hunter, quien iba sobre su espalda, se aferró a su cuello y al calor de su cuerpo. Ella tenía la fuerza de una licántropa pero sentía cómo comenzaba a cansarse.
Aunque nada podía compararse al vacío del otro lado de su conexión con Ronan. Ese silencio era la mayor tortura. Una herida abierta que no sangraba, pero que dolía con cada latido. No sabía si estaba vivo o si caminaba hacia un funeral. Solo que, si se detenía, el invierno la reclamaría a ella, a Hunter y a las vidas que crecían en su vientre.
De repente, el bosque enmudeció. El vello de la nuca de Seraphina se erizó, aunque su sangre hirvió bajo su piel a pesar del frío mordaz. Se detuvo en seco.
De las sombras emergieron tres lobos enormes y corrompidos por la oscuridad. No aullaron. Se lanzaron al ataque en sile