“Solo la muerte puede tocar a la muerte.”
Las palabras de Draven no eran una metáfora poética, ni un acertijo de villano aburrido. Eran una instrucción precisa. Una maldita llave maestra.
Seraphina miró la barrera invisible que protegía el corazón negro, esa pared de fuerza que la había rechazado con tanta violencia momentos antes.
Luego bajó la vista hacia sus propias manos, manchadas de tierra y hollín. Temblaban, sí, pero no de miedo, sino por la adrenalina que saturaba su sistema. Sus manos estaban vivas. Su piel estaba tibia. Su corazón bombeaba sangre furiosa contra sus costillas con un ritmo ensordecedor.
Estaba demasiado llena de vida. Demasiado caliente. Demasiado humana.
Arriba, el techo de la catacumba tembló, dejando caer una lluvia de polvo y astillas de hueso. Un aullido desgarrador se filtró a través de la piedra, un sonido de huesos quebrándose que le heló la sangre.
Era Ronan.
El lobo estaba perdiendo. Draven lo estaba despedazando lentamente, jugando con su presa,