Los lobos asesinos, hombres que habían marchado a su lado y comido de sus mismas fogatas, formaron un muro alrededor de la realeza. Las hojas de sus dagas brillaban con una sed de sangre que ya no se molestaban en ocultar.
En el centro del cerco, Kaël bajó la espada negra y sonrió. Ya no era la sonrisa de un mercenario insolente sino la mueca de un hombre que creía tener el universo entero en la palma de su mano.
—¿De verdad creíste que los Desterrados marcharíamos al infierno por lealtad a un