La oscuridad no irrumpió en la fortaleza con el estruendo de una guerra, sino con el crujido siniestro de la madera antigua cediendo ante un peso antinatural.
Seraphina estaba en el pasillo del segundo piso, corriendo hacia la habitación de Hunter, cuando el aire cambió. El aroma limpio del pino y la nieve fue devorado por un hedor a tierra húmeda y muerta, demasiado familiar.
Se detuvo en seco.
Al final del corredor, donde las sombras de las luces cálidas no llegaban, la oscuridad se condensó.
No era una nube de humo. Tenía una forma enorme y garras de obsidiana.
Un lobo emergió de la pared misma, como si la piedra fuera líquida. Era enorme, una bestia hecha de noche sólida. Su pelaje no reflejaba la luz, la absorbía, creando un agujero negro en forma de animal. Sus ojos eran dos orbes blancos, ciegos, fijos en ella con una malicia hambrienta.
La bestia gruñó, un sonido bajo y húmedo que hizo vibrar el suelo bajo los pies descalzos de Seraphina. Dió un paso lento, deliberado. La made