El sonajero de plata deformado yacía en el fuego de la chimenea, convirtiéndose en metal fundido cubriendo la madera, pero el veneno que había traído consigo ya estaba en el aire.
Ronan no gritó. No rompió nada más. Se quedó en medio de la sala, con la espalda rígida y los músculos de los hombros tan tensos que parecían a punto de rasgar la tela de su camiseta. Su silencio era peor que sus rugidos. Era el silencio de un estratega que acaba de darse cuenta de que su fortaleza es de papel.
Se giró lentamente hacia Seraphina. Sus ojos grises habían perdido el brillo dorado de la mañana, solo eran acero frío y duro.
—Prepara tus cosas —dijo. Su voz era plana, carente de inflexión.
Seraphina, que aún sentía el frío del metal maldito en sus dedos, frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nos mudamos. Ahora. —Ronan pasó junto a ella, dirigiéndose al pasillo con pasos largos y pesados—. No podemos quedarnos en las plantas superiores. Es demasiado fácil entrar. Demasiadas ventanas. Demasiadas puertas.
—Ronan,