El sonajero de plata deformado yacía en el fuego de la chimenea, convirtiéndose en metal fundido cubriendo la madera, pero el veneno que había traído consigo ya estaba en el aire.
Ronan no gritó. No rompió nada más. Se quedó en medio de la sala, con la espalda rígida y los músculos de los hombros tan tensos que parecían a punto de rasgar la tela de su camiseta. Su silencio era peor que sus rugidos. Era el silencio de un estratega que acaba de darse cuenta de que su fortaleza es de papel.
Se gir