El sonido del acero chocando contra la piedra fue definitivo.
Seraphina dejó caer su daga de plata. No iba a levantar un arma contra el hombre que amaba. No iba a pelear contra quien, minutos atrás, había convertido su propio cuerpo en un escudo para salvarle la vida.
El monstruo que habitaba bajo la piel de Ronan soltó un rugido sordo, gutural, y se abalanzó sobre ella. La acorraló contra uno de los pilares de roca con violencia, enjaulándola con su cuerpo inmenso.
Las garras del Alpha, letal