—¿Es él por quien lloras mientras estás bajo mi techo?
La acusación de Ronan colgó en el aire, pesada y tóxica, ahogando el eco de la llamada y la intención oculta de huir.
Seraphina se quedó paralizada, su sangre convirtiéndose en aguanieve. El teléfono, con la pantalla muerta, se sentía como una piedra inútil en su mano.
Él lo sabía.
No había entrado por casualidad. Había estado allí, en las sombras, escuchando todo. El silencio antinatural, su presencia como un espectro… la estado cazando.