El peso de Ronan sobre ella era aplastante, una jaula de músculos tensos y calor febril que le cortaba la respiración.
La madera áspera del suelo crujió bajo la espalda de Seraphina mientras las manos inmensas de Ronanla inmovilizaban.
Pero lo que verdaderamente aterrorizó a Seraphina no fue la fuerza bruta que la sometía, sino la mirada vacía y extraña que la escrutaba desde arriba.
Los ojos de su Alpha, esos pozos de obsidiana en los que ella siempre había encontrado su hogar, estaban nublad