El grito de Liam, humano y cargado de pánico, se estrelló contra la burbuja de oscura posesión que Ronan había tejido a su alrededor. Fué como un martillazo sobre un cristal fino.
Seraphina sintió que el cuerpo ancho y duro que la aprisionaba se tensaba, no de miedo, sino de una furia asesina. El calor de la marca en su cuello, que había sido una mezcla de dolor y un placer oscuro, se convirtió instantáneamente en un terror helado.
«No, no, no… Liam»
Ronan se apartó de ella, y el calor de su cuerpo desapareció, dejándola fría y temblando. Pero su mano permaneció en su cadera por un segundo más, sus dedos clavándose como garras, reteniéndola, como un depredador advirtiendo a otro que no se acercara a su presa. Sus ojos de acero, ahora desprovistos de deseo y llenos de una ira letal, se estrecharon.
—Tu príncipe vino a salvarte de la bestia —habló con una ironía mordaz y amarga.
Su tacto desapareció, pero antes de que pudiera dar un paso, su mano volvió a tomarla del brazo, firme como