El galope salvaje de las enormes monturas devoraba la distancia bajo la tormenta.
El viento helado golpeaba sus rostros sin piedad alguna, cortando sus mejillas mientras Evander e Iris cabalgaban a ciegas a través de la densa ventisca.
Empujaban a sus caballos de guerra mucho más allá del límite seguro.
El viaje desde el templo había sido una tortura extenuante, cabalgando día y noche sin detenerse a descansar en ningún momento.
La adrenalina de la venganza era el único combustible que los