La noche en la Finca Thorsten no era un tiempo de descanso, era un asedio silencioso.
Ronan no dormía. Se había convertido en una gárgola de carne y hueso al borde de la cama, sentado en el sillón de cuero, con los ojos grises clavados en la figura dormida de su compañera.
No parpadeaba. No relajaba un solo músculo. Vigilaba su respiración, vigilaba las sombras de la habitación, vigilaba lo invisible.
Pero no podía vigilar lo que ocurría dentro de la mente de ella.
Seraphina se agitó entre las sábanas. En el mundo real, su cuerpo estaba seguro, caliente y protegido. Pero su mente estaba caminando descalza sobre mármol helado.
Estaba de vuelta en el palacio de ceniza.
Esta vez, no estaba en el salón del trono. Estaba en una habitación privada, una cámara de terciopelo negro y espejos de obsidiana. Draven estaba allí.
No llevaba su traje regio. Llevaba una camisa de seda blanca, desabrochada hasta el pecho, revelando una piel pálida y perfecta que nunca había visto el sol.
—Te tensas,