La noche en la Finca Thorsten no era un tiempo de descanso, era un asedio silencioso.
Ronan no dormía. Se había convertido en una gárgola de carne y hueso al borde de la cama, sentado en el sillón de cuero, con los ojos grises clavados en la figura dormida de su compañera.
No parpadeaba. No relajaba un solo músculo. Vigilaba su respiración, vigilaba las sombras de la habitación, vigilaba lo invisible.
Pero no podía vigilar lo que ocurría dentro de la mente de ella.
Seraphina se agitó entre las