El latido proveniente del abismo no era solo sonido. Era una onda de presión que hacía que el aire en los pulmones de Seraphina se densificara como plomo.
Gabriel, el hombre que había prometido convertirla en una diosa, el Alpha que coleccionaba reinas, no dudó ni un segundo. Su obsesión tenía un límite claro.
Él mismo.
—Disfruta del despertar, Ronan —escupió Gabriel, retrocediendo hacia un túnel lateral que sus hombres habían asegurado—. No pienso quedarme para el desayuno.
Desapareció en las