El latido proveniente del abismo no era solo sonido. Era una onda de presión que hacía que el aire en los pulmones de Seraphina se densificara como plomo.
Gabriel, el hombre que había prometido convertirla en una diosa, el Alpha que coleccionaba reinas, no dudó ni un segundo. Su obsesión tenía un límite claro.
Él mismo.
—Disfruta del despertar, Ronan —escupió Gabriel, retrocediendo hacia un túnel lateral que sus hombres habían asegurado—. No pienso quedarme para el desayuno.
Desapareció en las sombras, dejando atrás a sus rogues para que fueran devorados por lo que fuera que subía por la grieta.
—¡Cobarde! —rugió Ronan, dando un paso para perseguirlo.
—¡Ronan, no! —Seraphina lo agarró del brazo, sus dedos clavándose en su bíceps—. ¡Hunter! ¡Tenemos que encontrar a Hunter!
El nombre de el niño actuó como un balde de agua fría sobre la furia asesina del Alpha. Ronan miró la grieta que se ensanchaba en el suelo, de donde empezaban a brotar zarcillos de una oscuridad que era más negra qu