Las palabras de Ronan fueron una lápida cayendo sobre el pecho de Seraphina, aplastando el aire y su esperanza.
El bosque contuvo el aliento. La luna, testigo muda de tantas muertes esa noche, bañó el rostro de cera de Hunter con una luz impasible. No había latidos. Solo un silencio frío y absoluto, el silencio de una marioneta a la que le han cortado los hilos.
Ronan bajó la cabeza, derrotado. El gran Alpha, el asesino de monstruos, estaba llorando sin sonido, su cuerpo sacudido por espasmos de impotencia.
Pero Seraphina no lloró.
En el centro de su dolor, una brasa se encendió. No era negación. Era memoria.
Recordó las flores en el gimnasio. Recordó la voz quebrada de Silas.
Vitae Sanguis. Sangre de Vida.
—No —susurró ella. Su voz sonó extraña, metálica, vibrando con una autoridad que no pertenecía al mundo de los vivos.
Se dejó caer de rodillas en el barro junto a ellos.
—Dámelo —ordenó.
Ronan levantó la vista, sus ojos dorados empañados y rojos.
—Seraphina, él...
—¡Dámelo!
Le arra