Las palabras de Ronan fueron una lápida cayendo sobre el pecho de Seraphina, aplastando el aire y su esperanza.
El bosque contuvo el aliento. La luna, testigo muda de tantas muertes esa noche, bañó el rostro de cera de Hunter con una luz impasible. No había latidos. Solo un silencio frío y absoluto, el silencio de una marioneta a la que le han cortado los hilos.
Ronan bajó la cabeza, derrotado. El gran Alpha, el asesino de monstruos, estaba llorando sin sonido, su cuerpo sacudido por espasmos d