El amanecer era un refugio de sábanas calientes y respiraciones acompasadas.
Iris descansaba la cabeza sobre el pecho desnudo de Evander. Sus dedos trazaban perezosamente las cicatrices de su piel. Él tenía los ojos cerrados, pero su brazo la rodeaba con una posesividad que no descansaba ni siquiera en sueños.
La paz era perfecta.
Y duró exactamente un segundo más.
El cuerno de guerra de la fortaleza resonó. Un sonido grave y ensordecedor que hizo vibrar los pesados cristales de la alcoba.
Evan