La respiración agitada de Lyra le golpeó el rostro. Los ojos grises de la loba norteña destilaban un odio totalmente irracional.
—Te lo advierto una sola vez, niña —dijo Lyra, apretando sus largos dedos gélidos alrededor del cuello de la princesa—. Tú no perteneces aquí. Empaca tus bonitos vestidos y lárgate de nuestras tierras.
La magia de Iris respondió antes que su propio instinto de supervivencia.
Una luz dorada, brillante y abrasadora, estalló en la palma de su mano. Iris agarró la muñeca