La lluvia caía en cortinas de acero líquido, difuminando el mundo en tonos de gris y negro. Ronan no bajó el arma. El cañón seguía apuntando directamente al pecho de Isabelle, firme como una sentencia de muerte. Su dedo descansaba en el gatillo, y Seraphina podía sentir, a través de su vínculo, el deseo ardiente de apretarlo.
Para Ronan, Isabelle no era una mujer rota pidiendo ayuda. Era la traidora que había clavado una aguja de plata en el cuello de su compañera. Era el recuerdo de Seraphina