El frágil y denso silencio de la pequeña cabaña abandonada se hizo mil pedazos.
Adham cruzó el umbral como un huracán de sombras descontrolado. Su respiración era un silbido denso, áspero y doloroso.
Tenía un feo corte sangrando en la sien y el polvo blanco de la montaña cubría sus ropas rasgadas, pero nada de su propia agonía le importaba.
Sus ojos barrieron la reducida habitación casi a oscuras. La ropa esparcida por todos lados. La manta revuelta. El inconfundible y salvaje aroma de la unión