Las dos afiladas dagas de acero negro en las inmensas manos de Evander exigían sangre traidora de manera inminente. El apuesto y oscuro líder tensó sus anchos hombros, completamente listo para lanzar el certero ataque mortal directo hacia la cima del helado muro de piedra.
Pero una mano sumamente cálida, suave y resplandeciente se cerró firmemente sobre su antebrazo izquierdo.
Iris se interpuso con pura audacia en su letal línea de visión.
—Detente en este mismo instante —suplicó la heredera su