El mundo no regresó a Seraphina suavemente.
No hubo un despertar lento, ni el arrullo de la consciencia volviendo a la orilla.
El mundo estalló.
Lo primero fue el sonido. Un tamborileo atronador, rítmico y profundo, que resonaba en sus oídos como un martillo de guerra golpeando contra cuero tensado. Era tan fuerte que le dolía la cabeza.
Seraphina jadeó, sus ojos abriéndose de golpe, sus pulmones aspirando aire como si hubiera estado sumergida bajo el agua durante un siglo.
El aire no era aire. Era información.
Olores la asaltaron con la violencia de un golpe físico. Olía a polvo antiguo asentado en las vigas del techo. Olía a la lluvia que había caído hacía horas, evaporándose en la tierra afuera. Olía a sangre seca, a antiséptico y, sobre todo, a un aroma que lo dominaba todo, un olor a tormenta eléctrica y a bosque nocturno que saturaba sus papilas gustativas.
Ronan.
Intentó incorporarse, pero su cuerpo se sentía extraño. No estaba débil. Al contrario, se sentía... vibrante. Como