El olor a carne quemada llenó la biblioteca, un aroma acre y metálico que revolvió el estómago de Seraphina. Ronan estaba de rodillas, con la cabeza gacha, su respiración convertida en jadeos agónicos. La daga de plata brillaba en su costado como una burla, enterrada hasta la empuñadura, silenciando al hombre que parecía invencible.
—Ronan... —gimió Seraphina, extendiendo una mano temblorosa hacia él.
El dolor de él la golpeó a través del vínculo invisible. No fue una punzada; fue un tsunami. S