El olor a carne quemada llenó la biblioteca, un aroma acre y metálico que revolvió el estómago de Seraphina. Ronan estaba de rodillas, con la cabeza gacha, su respiración convertida en jadeos agónicos. La daga de plata brillaba en su costado como una burla, enterrada hasta la empuñadura, silenciando al hombre que parecía invencible.
—Ronan... —gimió Seraphina, extendiendo una mano temblorosa hacia él.
El dolor de él la golpeó a través del vínculo invisible. No fue una punzada; fue un tsunami. Sintió el fuego del metal sagrado quemando sus entrañas, el frío de la debilidad invadiendo sus músculos de acero. Él estaba muriendo. Y Gabriel, de pie sobre él con una sonrisa de suficiencia, levantó su bota para patear al Alpha caído en el pecho.
Ronan cayó hacia atrás, su espalda golpeando el suelo con un ruido sordo.
—Mira a tu salvador —se burló Gabriel, girándose hacia Seraphina con los ojos oscuros brillando de malicia—. Roto. Vencido. Y todo por ti.
Gabriel levantó una segunda daga, disp