El aullido de la sirena era un taladro en el cerebro de Seraphina, pero incluso ese sonido ensordecedor parecía distante, amortiguado por el hielo negro que se extendía por sus venas. El veneno de plata era un invierno eterno, paralizando sus pulmones, convirtiendo su sangre en granizo.
Lo único que sentía con claridad era el calor de Ronan.
Él la sostenía contra su pecho, su corazón golpeando contra la oreja de ella como un martillo de guerra. Isabelle los miraba, triunfante, esperando que