La carcajada del asqueroso hereje resonó con un eco espantoso contra la piedra arruinada. Era un sonido áspero, cargado de un desprecio arrogante que pretendía pisotear la voluntad de la heredera.
—¿Matar? —se mofó el viejo sectario—. Eres una delicada flor sureña, niña. Tu madre apenas puede matar a un insecto sin pedir perdón a los cielos. Las mujeres de tu manada fueron diseñadas para aliviar el dolor ajeno, no para causarlo. Eres sumisa por pura biología.
Iris no pestañeó. El jazmín nocturn