El cielo amaneció teñido de un gris opresivo, las ráfagas heladas cortaban la piel como navajas, pero la manada no se detuvo, retomó la marcha a través del terreno escarpado de las Montañas del Olvido, avanzando en un silencio denso.
El ambiente vibraba con una tensión que dificultaba la respiración.
No tardaron en encontrar la primera advertencia.
Un rastro de sangre oscura manchaba la nieve prístina, marcando el camino hacia una cañada oculta entre dos muros de piedra. Allí, esparcidos como