Ronan abrió la puerta.
No fue una invitación. Fue la retirada de una barricada.
En el umbral no había monstruos, ni bestias con colmillos desnudos. Había un hombre. Un hombre anciano, vestido con un traje gris de corte impecable que costaba más que la vida entera de Seraphina. Su cabello era plateado, peinado hacia atrás con una severidad militar, y su postura era una columna de hierro.
Lord Marcus Thorsten. El padre del Alpha.
Seraphina sintió que el aire de la habitación bajaba diez grados. Si Ronan era una tormenta eléctrica, impredecible y violenta, su padre era un glaciar. Antiguo, inamovible y absolutamente despiadado.
Tenía los mismos rasgos aristocráticos que su hijo. La mandíbula fuerte, la nariz recta. Pero donde los ojos de Ronan ardían con fuego o acero, los de Marcus eran dos pozos de agua helada.
Isabelle estaba detrás de él, flanqueada por cuatro guardias con uniformes de élite. Su sonrisa era pequeña, contenida, la sonrisa de quien sabe que ha ganado la guerra antes d