La oscuridad se tragó a Gabriel como si nunca hubiera existido, dejando tras de sí un silencio que zumbaba en los oídos de Seraphina. El jardín, antes un refugio, ahora se sentía como el cráter de una explosión. El olor metálico de la sangre del Alpha rival manchaba el aire nocturno, mezclándose con la tormenta de ozono que irradiaba el hombre que estaba de pie frente a ella.
Ronan permaneció inmóvil un segundo eterno, su pecho desnudo y marcado por cicatrices subiendo y bajando en espasmos violentos. Sus manos seguían siendo garras, curvas y letales, goteando una tensión que prometía violencia.
Lentamente, se giró.
Seraphina contuvo el aliento, encogiéndose contra el banco de piedra. El monstruo se volvió hacia ella. Sus ojos ya no tenían iris ni pupila, eran dos pozos de oro fundido, brillantes y terribles en la oscuridad. No había reconocimiento humano en ellos, solo un instinto puro y abrasador.
Dio un paso hacia ella. Y otro.
Seraphina quiso retroceder, pero sus piernas no le res