La oscuridad se tragó a Gabriel como si nunca hubiera existido, dejando tras de sí un silencio que zumbaba en los oídos de Seraphina. El jardín, antes un refugio, ahora se sentía como el cráter de una explosión. El olor metálico de la sangre del Alpha rival manchaba el aire nocturno, mezclándose con la tormenta de ozono que irradiaba el hombre que estaba de pie frente a ella.
Ronan permaneció inmóvil un segundo eterno, su pecho desnudo y marcado por cicatrices subiendo y bajando en espasmos vio