El chasquido del cerrojo manual resonó en la habitación como un disparo, sellando el mundo exterior y dejando a Seraphina atrapada en el ojo del huracán.
Estaba sentada en el centro de una inmensa cama de dosel, sus manos aferrándose a las sábanas de seda negra que se sentían frescas y resbaladizas bajo sus dedos.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por el resplandor de la luna que se filtraba a través de un ventanal de piso a techo, pero incluso en la oscuridad, la presencia de Ronan lo llenaba todo.
El aire estaba saturado de él.
No era solo el aroma a bosque nocturno que lo seguía por los pasillos, aquí, en su santuario privado, el aroma era más profundo, más íntimo. Olía a madera oscura y a la especia cálida de su piel. Era un aroma territorial que invadía los sentidos de Seraphina, mareándola, reclamándola en silencio antes de que él dijera una palabra.
Ronan se giró desde la puerta destrozada. Su pecho desnudo y marcado subía y bajaba con un ritmo que poco a poco s