El sol pálido de la mañana de invierno apenas lograba atravesar los densos nubarrones grises, arrojando una luz fría y mortecina sobre la mansión de la Luna.
La escarcha cubría los ventanales de la habitación principal, borrando cualquier rastro físico de la huella que había destrozado la madrugada de Seraphina.
El cristal estaba inmaculado, pero la mente de la Luna Blanca era un campo de batalla en ruinas.
Sentada en el borde del colchón, Seraphina se abrazaba a sí misma. Las ojeras oscuras