El tiempo que los separaba del momento en que su hijo sería vendido al mejor postor como un arma de destrucción masiva era demasiado frágil y escaso.
El reloj de arena imaginario había comenzado a vaciarse, y cada grano que caía era un latido ensordecedor en la pequeña habitación de la posada.
Ronan se movía por el cuarto oscuro como una pantera enjaulada. Revisaba el filo de cada daga con una precisión letal. Su mandíbula estaba tensa y su mirada poseía una oscuridad intimidante.
—Necesitamos