El deseo que había encendido la habitación pequeña se congeló en las venas de Seraphina al instante.
El sudor que perlaba su piel de pronto se sintió como escarcha, advirtiéndole que la muerte rondaba cerca. La atmósfera asfixiante y dulce que habían construido se desvaneció, reemplazada por un instinto de supervivencia primario.
El sonido al otro lado de la puerta no era el de un huésped perdido. El ruido de las cadenas arrastrándose y la pesadez de la respiración que se filtraba por las grie