La mansión, con todo su lujo reconstruido y sus runas de protección en los marcos de las puertas, se había convertido en una jaula de oro. El aire en el interior se había vuelto insoportablemente denso y asfixiante para la loba de Seraphina.
Ella caminaba de un lado a otro de la sala de estar, sintiendo cómo su bestia interior arañaba las paredes de su pecho.
Llevaba tres meses respirando ese aire sofocante. Tres meses sin sentir el rocío de la mañana en el rostro, sin oler el aroma que dejaba