El llanto de Iris era una tortura física que raspaba directamente contra los nervios de Seraphina. No había cesado en las últimas dos horas. Era un lamento agudo, continuo, que resonaba en las paredes de piedra reforzada de la habitación y se clavaba directamente en el pecho de su madre.
—¡Haz algo, Elías! —suplicó Seraphina, con las manos temblorosas suspendidas sobre la cuna, temerosa de tocar a su propia hija.
La pequeña Iris estaba ardiendo. Pero no era una fiebre normal. Su piel, tan pálid