El dolor no era una ola, era un océano que la ahogaba, y Ronan era la única roca a la que podía aferrarse para no hundirse en la oscuridad. Bajo la luz parpadeante, el mundo de Seraphina se redujo a la respiración entrecortada de su compañero y al dolor que la partía en dos.
—Solo un poco más —La voz de Ronan rozaba su oído, ronca, desesperada, vibrando contra su espalda—. Una vez más, mi amor. Y luego podrás descansar.
Él la sostenía contra su pecho ancho, sus brazos fuertes convertidos en un